Ali Partovi, cofundador de Code.org, lidera una revolución mundial para que todos los colegios enseñen Ciencias de la Computación.

Es necesario saber programar. Pone como ejemplo la Universidad de Stanford: de los 65 grados que ofrece, al menos en la mitad se requieren conocimientos de programación. Recientemente, han lanzado 14 nuevos grados que fusionan humanidades (historia, literatura…) con Ciencias de la Computación. La universidad asegura en su web que esta especialidad prepara a los estudiantes para trabajar en el Gobierno, en al ámbito académico, empresarial o en la abogacía. “Hoy el 90% de sus alumnos toman clases de programación. Hay que saber cómo funcionan las máquinas que nos rodean por todas partes”, añade Partovi.

Cuando él y su hermano tenían nueve años, su padre les regaló un ordenador que no contenía ningún juego. Aprendieron a programarlo. A los 15 años se mudaron de Irán a Estados Unidos y durante el instituto consiguieron varios empleos como programadores. Después de graduarse, se instalaron en San Francisco, donde fundaron varias tecnológicas y dieron soporte a algunos gigantes como Facebook, Dropbox o Airbnb. En 2012 lanzaron Code.org y desde entonces siete países han incluido Ciencias de la Computación en su programa académico escolar: Australia, Argentina, Italia, Reino Unido, Corea del Sur, Arabia Saudí y Estados Unidos, donde más de 120 escuelas públicas tienen acuerdos de colaboración con la organización. En cuatro años han formado a más de 40.000 docentes.

“La programación permite asimilar conceptos matemáticos complejos a una edad más temprana”, apunta Partovi a EL PAÍS. Pone como ejemplo las funciones, que en la asignatura de Ciencias de la Computación se introducen a los nueve años y en la de matemáticas a los 12. “Muchos padres pensarán que sus hijos ya pasan demasiadas horas frente a una pantalla de ordenador, pero deben saber que a programar se aprende también con papel y lápiz”, continúa. El primer ordenador se inventó en 1943, pero 100 años antes Ada Lovelace escribió el primer programa. “Solo usó su imaginación, esa es clave de la programación, que como la escritura, una vez que se conoce, permite crear ideas propias y compartirlas”.
Otra de las opciones para aprender a programar es Arduino, un chip del tamaño de una tarjeta de crédito que se conecta al ordenador y, tras instalar un software, enseña paso a paso cómo desarrollar código. Cuesta 25 euros. El éxito del producto, que se lanzó al mercado en 2005 y el año pasado acumuló 25 millones de usuarios únicos en su web y más de 11 millones de descargas de su software, es su fácil uso. “Cualquiera, desde un niño de siete años hasta un anciano de 90 pueden aprender a programar con Arduino sin ningún conocimiento previo. Lo diseñamos para hacer el mundo de la computación mainstream (para todos los públicos)“, cuenta el creador del chip Massimo Banzi.
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